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domingo, 7 de octubre de 2007

París VII: Château de Versailles.

Muchachos, ¡qué poco nos queda para terminar nuestra visita a París! Hoy estaremos en Versalles, un fastuoso palacio que se encuentra a media hora de la capital francesa y que es el símbolo del poder absolutista de los antiguos reyes del país. Fue Luis XII el que, en 1723 mandó construir, en el enclave del palacio, un pabellón de caza en el que el monarca y los nobles pudieran pasar sus ratos de ocio. Pero, el lugar les pareció tan agradable que fueron ampliando, poco a poco el palacio. Luis XIV, obsesionado con crear un palacio sin igual, construyó la famosa Galería de los Espejos, una impresionante sala en la que se firmó el Tratado de Versalles que dio fin a la I Guerra Mundial. En enero de este año esta sala estaba siendo restaurada, de modo que gran parte de los espejos se ocultaban bajo paredes de cartón, aún así, la amplitud de la sala, su luminosidad, las lámparas, la decoración… hacían de la Galería un lugar sorprendente (tendré que volver cuando esté restaurada completamente para poder contaros más cosas).

Si os alojáis en París, llegar hasta Versalles es muy sencillo: podéis ir en tren (RER C), siguiendo la dirección Versailles-Rive Gauche, desde la estación de Invalides o Notre Dame. Al comprar el billete de tren pedir que incluya la visita al palacio, de este modo os saldrá más barata (13,5 euros: ida, entrada, y audioguía, y vuelta), que si pagáis por un lado los billetes y por otro la entrada.

El pueblo en el que se encuentra el palacio es muy bonito. Si decidís pasar el día completo allí, hay muchos restaurantes donde comer, pero, si hace buen tiempo, os recomiendo comprar unos bocatas y comer por los jardines del castillo, al lado de una de sus maravillosas fuentes tumbados sobre el verde césped. Eso es lo que a nosotros nos hubiera gustado hacer, pero la temperatura de enero y la constante llovizna nos impidió, prácticamente, visitar los jardines.

El palacio es precioso, pero si habéis estado en el de la Granja de San Ildefonso, no pararéis de encontrar similitudes, al fin y al cabo, el español está hecho a imagen y semejanza del francés, aunque es bastante más pequeño. Sólo hay una cosa que me impresionó mucho en Versalles y que no había visto en ningún palacio real español: el teatro de la ópera. Un teatro pequeñito repleto de tapices, bordados en oro, maderas nobles… ¡estos reyes se lo montaban muy bien!

Si os quedan tiempo y fuerzas para unas visitas más, no dejéis de pasear por la zona de la Sorbonne, allí podréis ver los edificios de la antigua universidad, y visitar el Panteón. Se trata de un edificio del siglo XVIII que inicialmente iba a ser una iglesia dedicada a Santa Genoveva, pero, tras la Revolución Francesa, se transformó en un templo para albergar los cuerpos de los hombres ilustres de la patria. Allí podréis ver las tumbas de Alejando Dumas, Víctor Hugo, Emile Zola, Maire Curie… y el asombros péndulo de Faucault que está situado en la galería central.

Y hasta aquí llego nuestro recorrido por Paris. Y lo voy a terminar con las mismas palabras con las que empecé esta serie de posts: disfrutad de sus calles, de sus edificios, de sus gentes, de su comida… porque ése es el verdadero encanto de la ciudad. Coged el avión y volved a casa, pero no guardéis las maletas, porque pronto visitaremos otra ciudad europea.

viernes, 13 de julio de 2007

París VI: Hôtel des Invalides y Sacre-Coeur.

Bienvenidos al penúltimo post sobre París. Hoy visitaremos dos de los edificios más impresionantes de la ciudad.

Hôtel des Invalides, Los Inválidos en castellano, es un edificio del siglo XVII que fue mandado construir para los soldados que resultaban heridos durante la guerra y a su vuelta a casa no tenían a dónde ir. Lo más llamativo del edificio es la cúpula dorada de la capilla que alberga los restos mortales de Napoleón Bonaparte, que se observa desde casi cualquier lugar de París. Hoy, el edificio se ha convertido en museo militar.

Os voy enseñando algunas fotos y os cuento cosas: El edificio se encuentra relativamente cerca de la Torre Eiffel. Se sitúa en la misma orilla del Sena, de modo que llegar hasta allí es un paseo maravilloso, aquí podéis ver la entrada principal y las vistas hacia la ciudad desde el mismo lugar.
La primera foto, (que reconozco que no es mía, y que la he sacado de Internet), muestra la basílica de la que antes os hablaba. Por dentro no es demasiado grande (estas fotos sí son mías), pero impresionan sus mármoles y el gran órgano que ocupa una de sus paredes.

El edificio cuenta con un patio interior que da acceso a la basílica, al museo de la armada y a la tumba de Napoleón. Lo vimos todo, excepto el museo, la verdad es que estábamos cansados de tanto andar (ya os dije que París es la ciudad del dolor de pies y no del amor), un poquito hartos de Napoleón y sus hazañas y no entramos al museo. A la vuelta, cuando lo comentaba con una amiga que estuvo en la capital francesa un par de semanas antes que yo, me decía que nos habíamos perdido una gran maravilla. De modo que os pido, que si lo conocéis me habléis de él, y si no es así, no os dejéis llevar por el cansancio, y visitadlo cuando viajéis a París.

Pero de la tumba de Napoleón, no sólo os puedo hablar, sino que también os la puedo enseñar, aquí la tenéis, un ataúd con un estilo muy, muy, muy…. ¿futurista? ¿o tan sólo extremadamente pomposo? Porque es enorme, de hecho ocupa el centro de una capilla y se puede observar desde el piso superior (donde están entre otros el féretro de nuestro Pepe Botella), o bajando hasta la galería que ocupa y viéndolo desde todos los ángulos posibles.

Bueno, pues después de esto, tomamos el metro y nos vamos camino de Montmartre. Una de las cosas que más me impresionó de la ciudad fue el momento en el que salimos del apeadero, avanzamos por una avenida ancha y de repente giramos hacia una calle estrechita llena de tiendas en las que se vendía de todo, y, al fondo, la basílica del Sacre-Coeur.

El edificio inspirado en la arquitectura romana y bizantina, que se sitúa en lo alto de una colina, se empezó a construir en el siglo XIX, para rendir homenaje a los muertos de la guerra franco-prusiana, pero no se terminó hasta 1919. Pero lo más curioso de la iglesia no es su estupenda apariencia o su interior, sino la cripta que se esconde debajo de ella y que también se puede visitar, se accede a ella desde un callejón bordeando el edificio desde la izquierda. Supongo que muy influenciada por las historias de templarios que tan de moda se han puesto en nuestra literatura, cuando visitaba aquel lugar pensaba en reuniones secretas, ceremonias místicas, planes para recuperar el Santo Grial… (que daño me han hecho esto chorra-libros).Llegar a la basílica es toda una aventura, como habéis visto en las fotos, está en lo alto de la colina y rodeada de escaleras, escaleras y escaleras. Si ya vuestros pies están a punto de estallar y tenéis la suerte de que esté en funcionamiento, pasad de las escaleras y acceder a ella a través del funicular. Nosotros no tuvimos esa suerte y subimos andando, la contrapartida, puedes ir parando para disfrutar de las fabulosas vistas que te ofrece la subida.

Hay que tener cuidado aquí con los muchachos que te regalan pulseras o te hacen juegos de magia, son como las gitanas españolas de Granada o Sevilla que sólo pretenden sacar dinero a los turistas. Así que lo mejor es tener las manos metiditas en los bolsillos.

Una vez arriba podréis disfrutar de un paseo por el barrio de Monmartre: ver su famoso cementerio, de la plaza de Pigale, de sus calles llenas de tiendas y restaurantes… Y si os animáis, visitar le Moulin Rouge. Haced lo que queráis, pero no os acostéis demasiado tarde porque mañana nos vamos a Versalles.

jueves, 28 de junio de 2007

París V: El Museo del Louvre y de Orsay.

Hoy nos toca visitar museos. Sin duda, los dos más importantes de París, aunque no los únicos, son estos: el Louvre y el Orsay. Realizar una visita completa, detenida y bien hecha a cada uno de ellos podría llevarnos varios días; sobre todo en el caso del Louvre en el que qué hay que seleccionar qué se quiere ver si no quieres no ver nada, pues es enorme y tiene un gran número de obras maestras que todos deseamos observar de cerca.

El edificio, como casi todo en París, es impresionante. Se trata de una fortaleza del siglo XII con ampliaciones renacentistas. Antes de convertirse en museo, fue palacio real, y, tras la construcción de Versalles, pinacoteca real. El último añadido al edificio fue la famosa pirámide de cristal que se sitúa en su entrada desde 1989. Está justo en el centro de los tres pabellones y, aunque es la más grande y la que más se ve, no es la única, puesto que en el interior el museo, y exactamente debajo de ésta, hay una pirámide invertida. Lo cierto es que el edificio del museo es de un estilo muy clásico y esta pirámide, aunque impresionante, quizás sea, por la utilización del vidrio y el acero, excesivamente moderna.

Nosotros visitamos el Louvre por la tarde, y la verdad es que no sé si fue el mejor momento para hacerlo, porque había muchísima, muchísima, muchísima gente. Responsable, en gran medida, de esto, es Dan Brown, que con esa pésima novela con la que ha cosechado tanto éxito, El código Da Vinci, ha puesto de moda la visita a los lugares en los que se sitúa su narración y la posterior, y también nefasta, película. Cuando caminábamos por los pasillos del museo, apretujados entre la gente y quitándonos los jerséis de lana y el segundo par de calcetines que llevábamos puestos, porque la calefacción reproducía el calor del agosto español; nos sentíamos arrastrados por la corriente de personas que caminaban como autómatas haciendo enormes colas para ver la Gioconda. Cuando conseguimos llegar hasta el retrato, era tal la aglomeración a su alrededor, que no sólo no conseguí descifrar su enigmática sonrisa, sino que apenas conseguí verla. Sin embargo, muchos de los visitantes que nos rodeaban, cambiaban su gesto y se quedaban ensimismados ante la visión del cuadro. Quizás me falta sensibilidad artística, aunque yo creo que lo que me faltaba, realmente, era aire para respirar. En definitiva, somos gilipollas.

A pesar de todo, el museo me gustó mucho, porque recorre la historia de la pintura y la escultura europea desde el siglo X hasta el XIX, y porque cuenta con importantes colecciones de arte egipcio, antigüedades orientales, arte islámico…que te dejan boquiabierto durante horas.

Si tenéis la oportunidad de visitarlo, no dejéis de ver el apartamento de Napoleón, os impresionará la decoración, el mobiliario, la iluminación… No sé si porque era el lugar en el que menos gente había, pero lo cierto es que me encantó.Quizás porque es menos visitado; tal vez porque es más pequeño y se puede ver entero, o, a lo mejor, porque tengo predilección por el arte de los últimos siglos; me gustó mucho más el Museo de Orsay. Fue inaugurado en 1986 y se sitúa en una antigua estación de tren en la que se pensó, antes de decidir convertirla en museo, que fuera un hotel. En el podemos ver pintura impresionista, escultura, mobiliario art decó… en definitiva, un buen resumen del arte europeo de finales del XIX y principios del XX.

Está situado en un lugar encantador, justo en la orilla más tranquila del Sena, caminar por sus alrededores es una delicia. Y si por fuera es un edificio bonito, por dentro no lo es menos: todas las salas dan a una galería central acristalada, el lugar que ocupaban las vías de la antigua estación de tren, eso hace que sea un espacio luminoso y diáfano en el que apetece sentarse a descansar mientras se observa alguna de las impresionantes esculturas que allí se exponen. Aquí tenéis algunas fotos de esa galería central y del precioso reloj que la observa desde lo alto:

Y, tras otro agotador día, un paseo por el Sena, y al hotel.

Una confesión final: las fotos de los interiores de los museos son mías, pero las de las fachadas, reconozco que fue un despiste no hacerlas, están sacadas de la Red, por eso se ven peor, están muy pixeladas.

miércoles, 13 de junio de 2007

París IV: La Ópera de Garnier y Notre-Dame.




¡Y seguimos recorriendo París!

La Ópera de Garnier es un bellísimo edificio neobarroco que lleva el nombre del que fue su arquitecto, Charles Garnier, que construyó el edificio bajo las órdenes de Napoleón (como casi todo en Paris).

Como podéis ver en la foto, a pesar del barracón de madera que tiene delante de la fachada, en un edificio decorado para provocar todas las miradas. Y, en su interior, los mármoles de colores; las estatuas; las esculturas de ninfas, querubines, motivos naturales…; las impresionantes lámparas, las pinturas de los techos…; consiguen que tu imaginación eche a volar, y te veas bajando por las imponentes escaleras con un fabuloso y carísimo vestido de noche (que te sienta genial y te hace superdelgada), con unos joyones de diamantes, con el pelo y el maquillaje perfectos, y con un bolsito, muy, muy, muy pequeñito, pero lleno de billetes de 500 euros. Pero, en ese momento, un turista japonés cargado con la cámara fotográfica más moderna del mercado, te da un empujón porque quiere hacerse una foto en ese lugar desde el que tú observas lo que te rodea y sueñas con ser la protagonista de una película americana de los 50. De todos modos, si os gusta la ópera y queréis daros un capricho, podéis ver allí una representación, y luego me contáis qué tal.

¿Qué os parece por dentro? Impresionante, ¿verdad? A mí me gustaría poderos decir que yo hice esta foto, pero no es así, las fotos que yo hice del interior están movidas, borrosas, oscuras… en fin, un desastre.

A la salida de la Ópera podéis dar un paseo por las calles que la rodean, y no evitéis la tentación de incluir en él, una visita a Galeries Lafayette, ya no tanto por las compras que allí se pueden realizar, sino como por la decoración del centro comercial: yo viajé a Paris en enero y el árbol de Navidad colocado en el centro del comercio me dejó impresionada, si os apetece ver la imagen, pasad por “Voy de viaje”.

Y llega la hora de comer, y ahí viene el gran dilema de todo español que visita la capital francesa: ¿dónde comer bien y barato? Bien, lo que se dice bien, no es que se coma en Mc Donalds, pero si que es barato, debemos reconocerlo. Las pizzerías y los restaurantes que ofrecen un menú tampoco son demasiado caros, y no se come mal del todo. Pero en esta zona no vais a encontrar nada de esto, en cualquier restaurante vais a comer muy bien, pero no lo bien de precio que querríais. Así que, ahí va un consejillo que a mi me dio mi amiga Eva: Hay 2 cadenas de restaurantes que hacen comida francesa a un precio bastante asequible, además, en las dos se come muy bien y el trato es muy agradable, son Bistro Romain e Hippopotamus. Si cuando planifiquéis vuestro viaje os marcáis en un plano los restaurantes cercanos a los lugares que queréis visitar, no os volveréis locos buscando un lugar que os guste para comer.


Después de la comida, a coger el metro y hacia Notre-Dame. Hay que llegar temprano si queréis subir a su campanario. Nosotros lo intentamos en 2 ocasiones, pero la cola para poder ver las gárgolas de cerca era tan larga que 1 hora antes de cerrar prohibieron que se siguiera poniendo gente en ella, porque, de haberlo hecho, nos hubiéramos quedado, igualmente, sin subir.

Esta catedral es uno de los pocos monumentos anteriores a la Revolución Francesa y a un Napoleón al que le dio por transformar el París de su tiempo, de hecho, es un edificio gótico que data del siglo XII. Yo he de reconocer que fue uno de los lugares que más me gustó de la ciudad. Se encuentra al lado del Sena y del Barrio Latino, y es que el entorno ya es una maravilla. Por dentro impresionan, no tanto sus famosas vidrieras (no hay tanta luz en París como para que se aprecie su belleza), como la sobriedad y elegancia del templo. Y llama muchísimo la atención el hecho de que no se cierre durante la misa a los turistas, de modo que, cuando entras, y oyes al cura dando su misa en francés, no sabes si debes realizar la visita de turista que pretendes o no; pero te dejas llevar por la gente y acabas dándole la vuelta sin mostrar el menor respeto por la liturgia religiosa.

Y, tras la visita, lo mejor es pasear por el Barrio Latino, comprar souveniers y comer algo por allí (el mejor crepe de chocolate que he comido nunca, lo comí en un puestecillo que hay enfrente de la fachada izquierda de Notre-Dame).

El barrio debe su nombre a los estudiantes de la Sorbona que habitaban en sus casas durante la edad media y que hablaban latín. Es obligatorio el paseo por las inmediaciones de la iglesia de St-Séverin, rodeada de calles repletas de comercios y restaurantes, los que más abundan son los griegos (muy parecidos a los restaurantes turcos que nosotros conocemos en España), comer allí resulta bastante económico, pero tened cuidado con el que elegís, porque no en todos reina la higiene y la pulcritud.

miércoles, 6 de junio de 2007

París III: La Plaza de la Concordia.


Hacía mucho tiempo que no os hablaba de mi viaje a París , así que ya es hora de retomar la visita a esta preciosa y oscura ciudad. Si os estáis planteando viajar a “la ciudad del amor” (o bien, a “la ciudad del no amor”, porque cuando llegas al hotel el dolor de pies por las largas caminatas es tan insoportable que no te apetece más que dormir, dormir y dormir), una buena opción es viajar en avión. Si tenéis la suerte de vivir cerca de un aeropuerto que cuente con vuelos de Click air, lo haréis por muy poco dinero: para que os hagáis una idea, dos billetes de ida y dos de vuelta, con tasas incluidas, nos costaron unos 115 euros, así que estad pendientes, reservad con tiempo y viajad barato.

En esta serie de post sobre París, habíamos visitado ya la Torre Eiffel, la Defense y el Arco del Triunfo. Si no os queréis dejar nada por ver, un recorrido posible y que os llevaría todo un largo día, podría comenzar en la Defense, desde allí, en metro llegar al Arco del Triunfo, y, caminando llegar hasta la plaza de la Concorde. El paseo es muy agradable, puesto que la avenida que une el arco con la plaza es la de los Campos Eliseos, de modo que imaginad que encontrareis por allí: tiendas, tiendas, tiendas… Algunos consejillos:
  • No dejéis de visitar la tienda de Peugeot, encontrareis versiones muy originales de coches que todos conocemos, yo me quede impresionada con el 307 monovolumen que estaba decorado en estilo Luis XV, con sus sillones troquelados, su tapicería bordada.
  • En los Campos Eliseos no hay un solo restaurantes barato. Supongo, además, que ya sabéis el precio de un café en cualquier cafetería parisina, de modo que, si os apetece descansar un ratito tomando un café en los Campos Eliseos, aprovechad la terrada de McDonalds.
  • Si vais a París pero no pensáis visitar Eurodisney, tenéis que entrar a la tienda que Disney tiene en esta avenida. Acabareis comprando muñequitos, trajecitos y millones de tonterías para los niños de la familia, pero, por lo menos, durante un ratito sentiréis la magia del mundo de fantasía de Disney.


Así que, cargados de bolsas llegareis a la Plaza de la Concordia. Sin duda, lo que más impresiona en ella es el obelisco egipcio que esta justo en el centro. Es, sin discusión, el monumento más antiguo de París. Una leyenda cuenta que fue un encargo de Josefina a su esposo, Napoleón, cuando éste salio a conquistar Egipto en 1798. Verdad o no, lo cierto es que este obelisco egipcio erigido por Ramses II acabó aquí, en París. Lo cierto es que el ingeniero naval Jean-Francois Champollion, que consideraba que este obelisco de Luxorestaba en peligro de destrucción, propuso trasladarlo a la capital de Francia, como, en definitiva, era deseo de Napoleón. Tras un periodo de conversaciones, las autoridades francesas y egipcias se pusieron de acuerdo, y, el 22 de octubre de 1836, se erigió en esta plaza ante 200.000 personas.

La vista desde la Plaza de la Concorde es maravillosa: enfrente: el Arco del Triunfo, a la izquierda, el Sena y la Torre Eiffel; detrás, los “afrancesados” jardines de Tuileries (repletos de fuentes, estatuas...; y, a la derecha, la iglesia de la Madeleine.

Para llegar a la Madeleine, pasamos por las calles que comprenden una de las zonas comerciales de alto standing, imaginad qué tipo de tiendas veréis por allí. Bueno, y si os apetece poder contar a vuestros amigos que habéis comido en uno de los restaurantes más famosos del mundo, hacedlo en Maxim΄s, que está en esa calle.

La iglesia de la Madeleine, os llamara muchísimo la atención por su arquitectura clásica, como si se tratara de un templo griego, de hecho, hasta que uno no entra en ella, no es consciente de que es una iglesia. Se construyó 1764 como iglesia católica, pero, durante la Revolución francesa y los años posteriores, se utilizó como Templo homenaje a la Gran Armada, tuvo esa función hasta la construcción del Arco del triunfo en 1842, año en el que volvió a tener las funciones de iglesia católica.

Y tras otro agotador día, al hotel, ¿quién dice que esa noche París no pueda ser Ciudad del Amor…?

viernes, 9 de marzo de 2007

París II: Del Arco del Triunfo a La Défense


Éstos son dos de los lugares más visitados de París. Como podéis observar en el plano, están uno enfrente de otro, eso sí, si intentáis recorrer esa distancia andando, llevad unas buenas zapatillas, porque la distancia no es tan corta como parece. Ambos son muy bonitos y ofrecen unas vistas espectaculares, pero quizás, lo más llamativo sea el contraste entre ellos: entre la sobriedad del estilo neoclásico y la trasgresión de la arquitectura moderna.


¿Qué tal si comenzamos visitando el Arco del Triunfo? Napoléon lo construyó tras su victoria en la batalla de Austerlitz en 1805, pero su construcción no se completó hasta 1837. Es un diseño de Chalgrin y está inspirado en la arquitectura romana. Tiene 49 metros de alto y 45 de ancho. Sobre las caras exteriores están grabados los nombres de los grandes soldados y de la victorias militares de Napoléon. Y, en los muros interiores, los nombres de Generales del Imperio Francés. Dentro se puede visitar un museo dedicado a su historia y a su construcción. Y, desde arriba se puede disfrutar de una excepcional vista panorámica. A sus pies se encuentra la Tumba del Soldado Desconocido, en la que una llama encendida recuerda a los soldados franceses muertos durante la Primera Guerra Mundial.


Lo cierto es que cuando un español ve de lejos este monumento, enseguida se acuerda de la Puerta de Alcalá de Madrid, pero cuando se va acercando se da cuenta que las dimensiones del arco parisino no tienen nada que ver con las del madrileño. El del Triunfo es mucho más grande, más imponente.


Desde lo alto del Arco del Triunfo, si miramos al frente vemos La Defense, un distrito de negocios que se compone, principalmente, de rascacielos de oficinas conectados por una inmensa explanada. En realidad La Defense no es un distrito perteneciente a la ciudad de París, sino que forma parte del término municipal de Puteaux.


Y es que las vistas son maravillosas...



Sin duda, lo que más llama la atención de este lugar, es el Gran Arco de la Defense, un emblema de la arquitectura moderna, diseñado por Otto Von Spreckelsen. Fue inaugurado en 1898 para conmemorar el bicentenario de la Revolución Francesa.


Y, si queréis hacer compras, éste es un lugar ideal, porque toda la explanada en la que se sitúa el Arco está rodeada de centros comerciales. En esa explanada está además la parada de metro. Llegar hasta aquí, desde el Arco del Triunfo, utilizando este medio de transporte, es cuestión de 10 minutos. Porque, lo cierto es que el metro es una de las mejores opciones para moverte por esta enorme ciudad en la que todo parece estar muy cerca hasta que uno empieza a andar.




jueves, 22 de febrero de 2007

París I: La Torre Eiffel

Estas Navidades estuve en París. Era la primera vez que visitaba esa ciudad y lo cierto es que estar allí me produjo sentimientos muy contradictorios: La ciudad es preciosa y entusiasma por su belleza a todo aquel que la visita; pero, para aquellos que tenemos una imagen más bohemia de la ciudad, que pensamos en ella como la cuna del decadentismo, con plazas llenas de pintores, con cafés en los que se escribe y se recita poesía... para aquellos que nos hemos quedado en una visión de la ciudad que responde más a los últimos años del XIX y primeros del XX, supone un gran choque darte cuenta de que, hoy en día, es una gran ciudad turística en la que domina, como en todas las grandes capitales, la impersonalidad.

A pesar de eso, y quizás por eso, lo que más me gustó de París no fueron sus grandes monumentos, sino sus calles y sus barrios. Os recomiendo callejear por el Barrio Latino, por la zona del Ayuntamiento y del Centro Pompidou. Es impresionante que todo el mundo esté en la calle a pesar del frío y de la molesta y continua lluvia. Y es que, lo de "Ciudad de la Luz" es un apelativo que no se ganó París por luminosidad, sino por ser la primera ciudad europea que instaló la luz eléctrica en sus calles.

Con este artículo comienzo una serie en la que os iré enseñando cositas de París. Y, como no, lo primero que me gustaría mostraros en la Torre Eiffel.

Su nombre le viene del ingeniero que la construyó con motivo de la Exposición universal de 1889, Gustave Eiffel. En sus primeros años, los parisinos consideraban este monumento como un monstruo de acero, hoy en día, sin embargo, ningún parisino duda de que se ha convertido en un símbolo, ya no sólo de la ciudad, sino de toda Francia.

Tiene una altura de 300 metros, pero, junto con la antena de radio que se encuentra en su cúspide, la torre llega a medir 324 metros. Y, ¡son muchos metros!, os lo digo yo, y te das cuenta, no sólo cuando la miras desde el suelo, sino, y sobre todo, cuando observas París desde el mirador que hay en el último piso, ¡es impresionante!

He leído en algún sitio que Gustave Eiffel, antes de construirla en París, presentó el proyecto a la ciudad de Barcelona, con motivo de la Exposición Universal que celebró esta ciudad en 1888, pero la capital catalana la rechazó porque pensaron que era una construcción demasiado extraña, y cara, y que no encajaría en la ciudad. Esto hizo que Eiffel presentara su proyecto al Ayuntamiento de París, que sí lo aceptó. Es curioso, ¿verdad?, si el ayuntamiento barcelonés hubiera dicho que sí, ahora sería, junto con los toros, el flamenco y el sol, el símbolo de nuestro país.


Pero no sólo impresiona la torre, impresionan, casi más, las colas que se forman para subir a disfrutar de las maravillosas vistas que ofrecen sus miradores. Si vais a visitarla no os despistéis: se puede subir por dos de las cuatro patas, la cola más larga es la de aquellos que suben la primera planta en ascensor, y, la corta, la de los que suben a pie. Yo os aconsejo que subáis a pie. No son demasiados escalones y te permite observar más de cerca los entresijos de la torre. Una vez allí, si estáis cansados de tanta escalera, podréis acceder al resto de plantas utilizando los ascensores, pero no creáis que su precio está incluido en la entrada que plagasteis al principio, se paga a parte. Pero si ya has llegado hasta allí, no puedes plantarte, hay que subir hasta arriba, y no sólo por las vistas, que son maravillosas, sino también por la impresionante subida en ascensor.
Aquí tenéis algunas fotos de la ciudad desde los miradores de la Torre Eiffel:


Y por último deciros que hay que ver la Torre de día, pero también de noche. Porque su principal encanto reside en su espectacular iluminación.