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jueves, 21 de junio de 2007

El extraño viaje, Fernando Fernán Gómez.

Esta película fue filmada en 1964, y, desde mi punto de vista, es una de las obras maestras del cine español. Su argumento parte de un esbozo de historia que había realizado Berlanga al leer en El Caso la noticia del llamado “Crimen de Mazarrón”, de hecho, Fernán Gómez quiso titular así su obra, pero problemas con la censura y con el ayuntamiento de dicho pueblo, que creía que algo así haría que se tuviera una imagen negativa de sus vecinos, hicieron que el tituló se cambiara por el de El extraño viaje, que, en mi opinión, es mucho más apropiado.

Se trata de una magistral película que mezcla muchísimos géneros: el documental, el terror, la parodia, la comedia, el cine negro…, pero que tuvo muchas dificultades para llegar al gran público. Tardó 5 años en estrenarse, y cuando lo hizo fue en un cine de barrio en un programa doble como complemento. Gracias a un crítico que la vio y realizó una reseña sobre ella en la revista Oráculo, la crítica empezó a interesarse por ella.

Situada en un pueblo cercano a Madrid, nos muestra de una manera un tanto costumbrista a los habitantes de la localidad: la chica joven a la que todos consideran un fresca, que viste a la ultima y que quiere irse a la capital a triunfar como artista; el cantante de la charanga que actúa los fines de semana en el pueblo, que miente a la chica con la que sale para conseguir sus besos y sus caricias; la mercera desconfiada a la que roban un corsé de su tienda y denuncia, sin pruebas y por su apariencia, a una chica ante la policía; los viejecitos que ocupan sus noches ejerciendo de voyeurs…. Y es que, el tema de la provincia aparece aquí desde el esperpento y adopta los puntos de vista del cine neorrealista. Todos los personajes quieren triunfar en algo: casarse, salir del pueblo… Viven en un pueblo en el que no hay industria, se mantienen del fruto de las tierras y de las rentas. En todos hay un deseo de escapar de su realidad que no se cumple. Y ese sentimiento de frustración es común en todos los grupos sociales. De manera que Fernando Fernán Gómez no nos ofrece un simple retrato costumbrista de la España profunda de los 60, sino que, partiendo del objetivismo, realiza una crítica al anquilosamiento de los pueblos de la época.

Nos cuenta la historia de Ignacia y sus hermanos que viven en una mansión en la plaza del pueblo, pero sin mantener ningún tipo de relación con sus vecinos. Los hermanos, que viven aterrorizados por el carácter de su hermana, en una discusión la matan. En ese momento los encuentra uno de los músicos de la orquesta que mantiene una relación, “muy especial”, con Ignacia. Él los ayuda a esconder el cadáver en un barril de vino, y también a huir del pueblo. Los lleva a una playa levantina con la falsa promesa de un barco que iría a buscarlos para llevarlos a América y allí los envenena. El pueblo se entera del fallecimiento de los dos hermanos, pero no saben nada de Ignacia, hasta que el dueño del bar, al coger el vino de los barriles encuentra su cadáver. Todo se precipita y el cantante confiesa su delito.

Es una película sorprendente que no abandona la intriga y el humor y que contiene escenas transgresoras que lograron escapar de una censura torpe que se preocupaba más de la no aparición de ideas políticas, sexuales o religiosas, que de entender el mensaje que contenían los films.

Particularmente llamativo es el papel de Carlos Larrañaga, acostumbrados a verlo como el típico galán romántico, cursi y algo canalla, pero con un gran corazón, papel al que nos tiene acostumbrados. Aquí interpreta al músico de la orquesta, un hombre sin escrúpulos, mentiroso, timorato, manipulador y manipulado. O Rafaela Aparicio, que en la mayoría de sus películas es la criada, la tía, la madre graciosa y risueña; aquí es una mujer miedosa, fantasiosa, infantil… pero al mismo tiempo vengativa y rencorosa.

Si no la habéis visto todavía, tenéis que hacerlo, porque es una obra maestra. Y, si ya la conocéis, ¿Por qué no volverla a ver? Eso sí, no esperéis que la echen por televisión, porque las películas españolas de estos años sólo las emite Cine de Barrio y ésta no reúne las características de la España de toros y pandereta que nos muestra ese programa. No sé, quizás, algún día, sobre las dos o las tres de la mañana, la pongan en La dos. Vete tú a saber.

miércoles, 14 de febrero de 2007

Surcos, José Antonio Nieves Conde.


¿De verdad creéis que el único cine que se hacía en España en los años 50 y 60 es el que vemos en Cine de Barrio? Afortunadamente no es así, y Surcos es un claro ejemplo de cine comprometido que muestra la España real de comienzos de los 50, quitándole ese glamuroso barniz con el que se pintaba a un país sumido en el hambre, en la ignorancia, en la pobreza... La Colmena en literatura, Historia de una escalera en teatro, y Surcos en el cine; serán los precedentes de una corriente cultural, el Realismo social, que muestra las cosas tal y como son, sin censuras y sin adornos. Esta reseña inaugura una serie de artículos que tratarán sobre películas de este período.

Las ciudades españolas recibían a comienzos de los 50 a cientos de personas que huían de la vida en el campo. Se trata del éxodo rural que convirtió las ciudades en espacios impersonales en los que hombre y mujeres alojados en ciudades-dormitorio trabajaban en lo que fuera para poder salir adelante. La película se sitúa en este momento de nuestra historia.

Este que veis en la foto es el cartel original de la película, cartel que por su fuerte simbolismo fue censurado, y no ha sido hasta ahora, hasta la aparición de la película en DVD, hasta que no hemos podido disfrutarlo. Resume perfectamente el argumento del film: una familia del campo de Salamanca, llevada por un deseo de prosperar económicamente, se trasladan a Madrid para comenzar allí una nueva vida. Pero la ciudad que les acoge no es tal y como ellos la imaginaban. Es una ciudad de los oprime, los asfixia, los envilece, los maltrata.

Se instalan en una corrala madrileña, viven realquilados en la casa de unos parientes lejanos que, años atrás llegaron a Madrid. Con mejor o peor suerte, todos comenzarán pronto a trabajar. El hijo mayor, Luis, ya conocía la ciudad y es el que antes se adapta a ella. Trabaja para el Chamberlán, un señor muy elegante con cierto estilo inglés y dueño de un bar, es su chófer. Pero las aspiraciones de ascenso social de Pili, su novia, hacen que acabe metiéndose en los negocios sucios de su jefe.
Pili es la hija de esa pariente lejana que los tiene realquilados. Se dedica a vender cigarrillos por las calles a escondidas de la policía. Harta de esa vida, piensa que sólo un hombre puede sacarla de ella. Lo intenta con el "Mellao", un chulapo madrileño que también trabaja para el Chamberlán. Pero la aparición de Luis, y los malos tratos a los que la somete, hacen que lo abandone.
Antonia es la única hija de este matrimonio, inocente y un poco ingenua, se entusiasma y se enamora de la ciudad: del bullicio, del folclore, de la gente... Por mediación de Pili consigue trabajar como criada en la casa de la amante del Chamberlán. Pero una noche, anonadada ante las ropas y los complementos de su ama, se prueba unas medias de seda de ésta y en ellas aparece un "surco", que nos anuncia el comienzo de su caída. El Chamberlán, interesado por ella, aprovechará que la chica se ha quedado sin trabajo para pagarle los estudios de canto y baile en una academia, con promesas de un pronto debut teatral.
El hijo pequeño es el que menos suerte tiene. Encuentra trabajo en una tienda de ultramarinos y en un reparto le roban la mercancía. Esto le supone el despido y la deuda de lo robado. De modo que, ante el disgusto de sus padres huye de casa. Está a punto de morir de hambre cuando es encontrado por unos titiriteros, los únicos habitantes de la ciudad que se presentan de forma positiva, que lo alojan en su casa y le enseñan la profesión.
La madre es la que primero se endurece en la ciudad. No sabe muy bien cómo debe actuar y hace lo que le dicen otras personas que, por vivir en la ciudad, ella considera más sabias. De esa mujer cándida que se nos muestra al principio, pasa a ser un "sargento" que hace que su marido, que ha fracasado en todos los trabajos que ha encontrado, como castigo, se ocupe de las tareas de la casa.
El desenlace es muy rápido: el Chamberlán consigue seducir a Antonia, y cuando Luis le pide explicaciones, no sólo no se las da, sino que, además lo despide. Luis, sin trabajo, decide sacar dinero llevando a cabo, solo, uno de esos "trabajos" ilegales que hacía para su jefe. Pero un chivatazo del "Mellao" acaba con su vida. Y la familia se encuentra viendo un surco en la tierra, aquel que contiene el ataúd de su hijo. Es en este momento cuando se dan cuenta de que su lugar no es ése. Deciden volver al pueblo, con la vergüenza de la deshonra, sin los lujos que otros paisanos suyos traían de las ciudades.
Pero éste no era el final que el director planteó para la película: en el final censurado la familia volvía al pueblo, pero, al bajarse del tren, Antonia, la hija mejor, se escapaba y cogía otro tren hacia Madrid, insinuando, de alguna manera, que su porvenir en la ciudad pasaría por la prostitución.

Sin embargo lo mejor de la película no es su argumento, el hecho de que se nos presente casi como un documental del Madrid de 1951, ni la denuncia social que plantea. Lo mejor es que es una película atemporal, que hoy se entiende perfectamente si adaptamos su trama a nuestros tiempos y al drama de la inmigración. Es una historia vista desde un prisma de total objetividad, sin almíbares, na película de denuncia como las que, lamentablemente, ya no se hacen.

Os la recomiendo.